Pensamientos galácticos

rau garcía - pensamientos galácticos (2)

Por Rau García.

El verano pasado, unos amigos (Javi y Bea) me invitaron a pasar el fin de semana en una casita que tienen a las afueras de Cáceres. Está en medio del campo y apenas hay contaminación lumínica. Después de cenar, nos tumbamos alrededor de la piscina y nos quedamos en silencio. Nunca he visto el cielo estrellado desde el desierto más alejado de la civilización o desde un barco en alta mar, pero allí, desde ese lugar perdido en el corazón de Extremadura, se me presentó de repente uno de los cielos nocturnos más impresionantes que he contemplado en mi vida.

Una semana después, otros amigos (Alexandra y Hákon) dieron una cena en su casa del centro de Madrid, en Lavapiés para ser exactos, a la que me invitaron junto a más amigos. Hicimos una sobremesa en su ático al aire libre que duró hasta bien entrada la madrugada. De casualidad, acabamos mirando las estrellas, como hice unos días antes.

usted estÁ aquÍ ok
USTED ESTÁ AQUÍ.

Al tener tan reciente el espectacular cielo nocturno sobre aquel terreno extremeño, recordaba perfectamente el resplandor de las estrellas sobre esa oscuridad intensa. En cambio, desde ese barrio madrileño, la noche era mucho más blanca y no se veían ni la mitad de los cuerpos celestes que había sobre nuestras cabezas. Había una especie de neblina, parecía que el cielo tenía puesto un filtro de instagram. Esto se debe a la contaminación lumínica y en parte también por la nube de contaminación atmosférica que padecen las grandes ciudades.

Todo esto me hizo pensar. Antiguamente, la observación del cielo nocturno tenía un papel fundamental en la vida de los seres humanos: era una inmensa fuente de conocimiento, determinaba sus creencias religiosas, influía en sus tradiciones culturales y servía como referencia para guiarse en el espacio/tiempo. Pero esto ha cambiado en la era moderna. Gran parte de la población vive en urbes iluminadas artificialmente donde solo se ve la luna, un puñado de estrellas y, con suerte, algún planeta. El cielo nocturno, excepto para la investigación espacial, la astronomía, la astrología, la ufología, etc., ha pasado a ser un mero paisaje secundario en nuestras vidas. Internet es el cielo nocturno de hoy, y las pantallas, las estrellas.

Nos hemos olvidado de la importancia de mirar el cielo solamente iluminado por lo brillante del propio universo. Creemos que no lo necesitamos, que solo es un placer estético, pero cuando miramos concentrados el universo en un lugar con suficiente oscuridad, no estamos contemplando solo el firmamento, estamos mirando más allá y también a través de nosotros mismos, introspectivamente. Detenerse y respirar relajadamente también es importante en el ejercicio de observar el cielo nocturno en estos días de ritmo acelerado. Y el silencio, pues a veces el ruido no nos permite escuchar con claridad ni siquiera nuestros propios pensamientos. Permanecer en este estado durante varios minutos nos lleva a unas reflexiones y unas emociones parecidas a las que llegan los astronautas (el efecto perspectiva) al observar la Tierra desde el espacio exterior sin gravedad, pero nosotros lo hacemos con los pies en el suelo.

Si lo conseguimos, alcanzaremos una poderosa conexión con el cosmos en el que pasado, presente y futuro se entremezclan, la inmensidad de la galaxia nos recordará el lugar y el tamaño que ocupamos en el universo y esto nos ayudará a relativizar, mantendremos un dialogo interior con nosotros mismos que hará que nos conozcamos mejor hallando tantas respuestas como nuevas incógnitas existenciales.

Así que, si tu noche no es lo suficiente oscura, sal a buscarla, porque muchas veces en la oscuridad se ve más que a plena luz del día, el silencio dice más que cualquier sonido y sin movernos del sitio, podemos viajar a la velocidad de la luz montados en la nave espacial de nuestra mente.

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Creando el universo en mi habitación.

Volviendo a la Tierra (esto ya estaba pareciendo un curso de meditación), unos días más tarde de aquellas dos cenas, mi amigo Tony me propuso ir a ver unos fuegos artificiales en el Parque Tierno Galván de Madrid, dentro de los Veranos de la Villa. De repente se me encendió la bombilla: “¡esto podría servirme para el videoclip!”. Y así lo hice, los grabé con la ayuda de Javier Eced, que no dudó un segundo en formar parte del proyecto. Luego rodé unos planos en mi habitación y, por último, el editor Jesús M. Sánchez fue el tercer cosmonauta en subirse a la nave, haciendo un trabajo asombroso. A continuación el resultado:

*Si te ha gustado el viaje musical, te propongo un par de canciones más:

La voz de tu conciencia
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Canción lynchiana
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