‘La insoportable levedad del ser’ de las estatuas y su relación mutualista con las palomas y los gatos

La insportable levedad del ser de las estatuas. (c) Rau García
Plaza de Oriente, Madrid.

Por Rau García

(...) podía asegurarse, y al menos este efecto producía, que debajo de aquel granito circulaba como un fluido sutil un espíritu que le prestaba aquella vida incomprensible, vida extraña, que no he podido traslucir jamás en esas otras figuras humanas cuyas ropas agita el aire al pasar, cuyas facciones se contraen o dilatan con una determinada expresión y que, a pesar de todo, son únicamente, al tocar la meta de su perfección posible, mármol que se mueve como un maravilloso autómata,
 sin sentir ni pensar.

Fragmento de 'La mujer de piedra'
 de Gustavo Adolfo Bécquer.

EL REGALO ESCATOLÓGICO-AMISTOSO DE LAS PALOMAS
Me ha contado un pajarito que cuando las palomas hacen sus necesidades encima de nosotros, los humanos, no es nada personal, sin embargo, cuando lo hacen sobre una estatua sí que es a propósito. Se cagan en sus cabezas o sobre sus hombros sin poder hacer nada. Y nos quejamos nosotros, los de carne y hueso, cuando nos manchan el abrigo nuevo o la luna del coche recién salido del lavadero. No es que marquen el territorio como hacen los perros, es que eligen evacuar sus excrementos sobre las estatuas como señal de amistad. Pero no les vale cualquier estatua, tampoco los maniquíes ni los espantapájaros, ni siquiera las gárgolas, lo hacen solo sobre aquellas que les transmiten una paz absoluta: estatuas con alma como las de Bernini, Canova o Rodin. Porque las palomas creen que bajo esa capa de piel dura, ese rostro imperturbable, esa mirada perdida y ese movimiento congelado, hay humanos con un corazón caliente. Unos humanos especiales que les permiten posarse sobre ellos el tiempo que ellas quieran para compartir un momento de melancolía e introspección.

Miguel Ángel afirmaba que la escultura ya estaba dentro del bloque de marmol que iba a esculpir, solo tenía que quitar lo que sobraba, algo parecido al sexto sentido de las palomas, pues ellas creen que dentro de cada estatua pétrea hay un ser humano, uno más sensible que el resto, incluso en las estatuas de terribles dictadores.

Central Park, NY (c) Rau García OK
Central Park, Nueva York.

En ese resto están los humanos crueles que les insultan llamándolas “ratas voladoras” y dicen de ellas, con desprecio, que son transmisoras de enfermedades. Las maldicen, las asustan, las envenenan, les tiran petardos y hasta les disparan. Las palomas de ciudad tienen muy mala fama entre los humanos, por eso se sienten comprendidas por estas obras de arte urbanas, porque para ellas las estatuas son humanos de otra especie.

Las palomas odian hasta a los niños, a los que no son estatuas, porque lo primero que hacen cuando las ven tan tranquilas picoteando un trozo de pan es correr hacia ellas para espantarlas. También odian a los piratas, por el mal trato que les daban a sus primos lejanos los loros a los que les gustaba llevar posados en sus hombros. Y las aves, en general, odian a Alfred Hitchcock, porque su película Los pájaros dañó mucho su imagen en relación con los humanos. Pero sobre todo nos odian, a todos, por llamarles nuestras queridas mascotas y tenerlas enjauladas. Aún así, aunque nos odien, no van por ahí atacándonos ni cagándose encima de nosotros, porque los animales no son vengativos, aunque sí un poco bromistas.

Los pájaros (c) Rau García
Avenida de América, Madrid.

Pero si ponemos de nuestra parte, podemos hacer las paces. Fijémonos en la naturaleza, que es sabia. Existe un fenómeno llamado simbiosis por la que dos especies distintas se benefician la una de la otra, y viceversa: el mutualismo. Como las palomas y las estatuas, sin ir más lejos, o las hormigas y los árboles, las abejas y las plantas, los peces payaso y las anémonas, los pluviales y los cocodrilos, los picabueyes y los búfalos, las garcillas y los hipopótamos… O el mutualismo que existe, aunque haya quien solo vea aspectos negativos, entre las palomas y las ciudades. También hay otro tipo de simbiosis en la que solo una de las especies obtiene beneficio, sin que por eso la otra resulte perjudicada: el comensalismo, como los pececitos que se adhieren a los tiburones y a las ballenas, los cangrejos y las caracolas, las lombrices y las plantas, las aves carroñeras y los depredadores… Y un tercer tipo de simbiosis: el denominado parasitismo, que es lo que, creo, somos la especie humana para el planeta, pues nos beneficiamos de la Tierra, a costa de ella, y no solo no obtiene beneficio, sino que sale gravemente perjudicada.

Lorca. Plaza de Santa Ana, Madrid (c) Rau García
Federico García Lorca. Plaza de Santa Ana, Madrid.

En cualquier caso, ahora ya lo sabes: cuando veas a una paloma posada sobre una estatua, piensa que se están haciendo amigas. Y cuando se te caguen encima, con perdón, no es que quieran ser amigas tuyas, ni que quieran estropearte el día. Habrá sido simplemente mala suerte o tu mal karma.

 

LOS GATOS “ESFINGES” QUE FINGEN SER ESTATUAS

Parque del Retiro, Madrid (c) Rau García OK
Parque del Retiro, Madrid.

A los gatos les encanta jugar a las estatuas. ¿Cómo no va a gustarles un juego que consiste en estar quieto durante horas? Aunque siempre pierden, eso sí, por muy poco: por un semi parpadeo, por un leve giro de cuello, por mover el rabo, las orejas o por contraer el hocico al olfatear, porque se distraen con facilidad (con la caída silenciosa de una hoja, con el aleteo lejano de una mariposa…). Pero ellos continuan en un profundo estado zen, con su pachorra característica, con su parsimonia felina, y siguen jugando a ser estatuas, los muy tramposos, pensando que nadie les ha visto moverse. Creen, ilusos, que pueden ganar, sin saber que sus rivales llevan allí décadas, ¡incluso siglos!, en la misma posición y así se mantendrán después de que estos gatos juguetones gasten sus siete vidas. Pero con lo que realmente disfrutan es cuando la gente les mira y piensa que ellos también son estatuas (o eso es lo que los gatos creen que piensa la gente).

Los gatos han observado que tienen muchas cosas en común con las estatuas: son tranquilas, silenciosas y misteriosas, disfrutan de la independencia y de la soledad, si se les llama se hacen las sordas y no hacen ni puñetero caso, por eso les gusta meterse por sus recovecos y camuflarse con ellas. Excepto cuando quieren mimos y caricias, la mayoría de los gatos son muy ariscos, sin embargo, les gusta estar siempre en contacto con las estatuas. Y no les hace falta comunicarse con maullidos, todo lo que tienen que decirse lo expresan con silencio y quietud (¿telepatía, quizá?), aunque a veces ronronean de lo a gustito que están.

Las estatuas son para los gatos lo que ellos significaban en el Antiguo Egipto: una figura sagrada. Por eso, toda estatua tiene, como mínimo, un gato que le adora y le protege de peligros, porque las ven como la tumba de un faraón que espera a ser resucitado en otra vida de forma eterna, envidia de los gatos que tienen un número limitado de resurrecciones (a la séptima entonan su último “miau”).

¿Y qué sacan las estatuas de todo esto? Que la levedad que les invade al estar a la vista de todos y sentirse tan invisibles al mismo tiempo, no sea tan insoportable. Con una paloma o un gato, a falta de un Mago de Oz que cumpla su sueño de ser de carne y hueso, la levedad se hace un poquito más llevadera.

Sereno de Madrid (c) Rau García
Dicen que los perros son los mejores amigos del hombre. Pues las palomas y los gatos lo son de las estatuas, pero no siempre pueden evitar que los perros orinen en ellas.

*Todas las fotografías son de Rau García.

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