Yo le di la espalda a Bob Dylan…

Bob Dylan en el Auditorio (c) Rau García OK

Crónica de los tres conciertos de Bob Dylan en Madrid
desde el punto de vista de un acomodador
del Auditorio Nacional de Música.

Por Rau García

Ya han tocado los tres ding-dongs que indican que el concierto está a punto de empezar, así que cierro las puertas y me siento en la silla desde la que vigilo el patio de butacas. Apagan todas las luces, excepto las de emergencia. De repente se enciende un cañón de luz que proviene de lo alto del escenario y enfoca a la puerta central trasera. Todo el mundo se gira y entra un tipo con una gabardina negra con hombreras y un gran sombrero de cowboy, pero uno exageradamente grande, que deja su rostro en penumbra y hace que su cuerpo delgaducho parezca ridículo. Camina hacia el escenario, pero la larga gabardina que lleva casi arrastrando hace que dé la sensación de que avanza sin tocar el suelo. El público intuye al instante que bajo esa indumentaria y ese andar fantasmagórico se esconde Bob Dylan y aplaude entusiasmado. El supuesto Dylan se abre paso por el pasillo ante un montón de manos que quieren tocarle como a un dios. Llega al escenario cuyas luces por fin descubren a cinco músicos esperando al líder de la banda. Sube y se sienta en una silla alta, como la de los bares, y la gente aplaude, silba y grita eufórica. Se acerca a un micrófono y dice lo siguiente: “Hi everybody!” (en este momento, para quien lo dudara, se confirma que, efectivamente, por su voz inconfundible, es Bob Dylan). “A round of applause for Macarena! Come up here, please”. Entonces una chica de unos veintipocos años que estaba sentada entre las primeras filas se levanta entre aplausos, sube al escenario y un técnico le da rápidamente una guitarra española. Empieza a cantar, ella sola, “Lay Lady Lay”. Mientras, Bob Dylan permanece en segundo plano, quieto, mirando al suelo, siguiendo el ritmo con la cabeza y un pie. El público entiende que es una especie de telonera, pero a la tercera canción empiezan a exclamar, abucheando, que han venido a ver a Bob Dylan, no a una fan haciendo covers.

Un momento… Quien haya ido a algún concierto de esta gira saben que esto no pasó. Sí, fue un sueño y justo en ese momento me desperté.

Todavía faltaba un mes para los tres conciertos que Bob Dylan iba a dar en el Auditorio Nacional, donde trabajo habitualmente, pero yo ya estaba fantaseando con el acontecimiento. Para calmar mi impaciencia decidí ir al Cine Doré donde la Filmoteca Española programó un completo ciclo dedicado a Bob Dylan, coincidiendo con la visita a España del cantautor de Minnesota, premio Nobel de Literatura, entre otros ilustres honores. Ya había visto varias de las joyas que iban a poner, así que me decanté por Trouble No More (2017), un documental de Jennifer Lebeau, sobre su inmersión en la música con un carácter más religioso, cuando se hizo cristiano, una etapa que desconocía. Pero antes de la película hubo una presentación a cargo de periodistas y cineastas expertos en Bob Dylan que me sirvió como introducción, ya que soy muy admirador de Bob Dylan, pero no puedo llamarme “dylanita” (como se denomina a sus fans).

Bob Dylan en la Filmoteca Española OK
Cartel del ciclo sobre Bob Dylan de la Filmoteca Española en el Cine Doré.

Tras su paso por Salamanca, y antes de ir a Barcelona, hizo una parada de tres días en Madrid, donde eligió el Hotel Palace para hospedarse de incógnito. Se hubiera esperado que Bob Dylan hubiese escogido un recinto mucho más grande para dar sus conciertos, pero en esta ocasión buscaba lugares especiales donde tocar y la sala sinfónica del Auditorio Nacional de Música, donde lo más frecuente son conciertos de música clásica, era lo que más se adaptaba a su idea. Y es que para la puesta en escena de estos conciertos ha querido crear una atmósfera más íntima, un lujo para el público dispuesto a pagar entre 66 y 220 euros (hubo quien repitió los tres días).

Los bancos del coro y los laterales del escenario estaban tapados con unas lonas negras. En otras ciudades he visto que también ocultan la parte trasera con un telón lleno de lucecitas que parecen estrellas, pero aquí no se podía pues además de que también hay público detrás, en tribuna, ¿qué mejor decorado que un imponente órgano de tubos? Respecto a la iluminación, solo encendieron algunas luces puntuales y unas lámparas que recordaban a los focos antiguos de los rodajes cinematográficos. El escenario parecía más un plató de un Late Night, pero con la diferencia de que aquí no estaba permitida ninguna cámara. No solo estaba estrictamente prohibido realizar fotografías y vídeos, también usar el móvil para cualquier cosa, hasta casi para mirar la hora, sin exagerar. A las personas que no hacían caso de estas advertencias se le enfocaba rápidamente con unas linternas y si reincidían corrían el riesgo de ser expulsadas. Pero, aunque no fuera ese el objetivo, consiguieron que el público viviera la experiencia con toda la atención puesta en el espectáculo y no concentrado en la pantalla del móvil y en compartirlo en redes sociales. Y es que si no se prohibiese, la mayoría del público tendría el móvil en la mano y la experiencia perdería intensidad. Para hacer eso ya están las salas de conciertos pequeñas y los estadios multitudinarios en el que, desde hace unos años, los cientos de flashes en la oscuridad ya son parte del paisaje. Todo el mundo quería llevarse un recuerdo en forma de foto y de vídeo, pero estoy seguro de que al final lo agradecieron porque se llevaron la imagen grabada en la memoria, que es más fuerte, con las emociones que implica ese recuerdo irrepetible vivido de forma presente.

Foto (c) M.C. OK
Foto: M.C.

LUNES 26 DE MARZO (setlist)
Llegó el día, ¡por fin!, y me tocó sentarme en el extremo de la primera fila de la puerta 3, la que está a la izquierda del escenario, y pude verlo del tirón, sin olvidarme de que estaba trabajando, claro, pues mi objetivo era que nadie saliera ni entrara por esa puerta una vez empezado el concierto. Mi perspectiva era relativamente buena porque veía de frente a Bob Dylan, pero mala porque no veía al resto de músicos, ni siquiera a Dylan cuando se levantaba del piano y se ponía en medio del escenario. Desde allí el sonido tampoco era muy bueno porque estaba detrás de unos altavoces, pero al menos estaba cerca de él, a unos 9 metros, y fue impresionante.

Las primeras canciones, igual que gran parte del público, las pasé en shock. Mientras le miraba atónito, repasaba en mi mente cada capítulo de la historia en la que ha influido de forma directa o indirecta, y todas las transformaciones musicales por las que ha pasado hasta hoy. Poco a poco fui tomando conciencia de que estaba delante de esta leyenda viva y empecé a disfrutarlo de otra manera, pero sin dejar de fliparlo muy fuerte. A pesar de esta sensación, el concierto me dejó un poco frío, aunque sé que en parte fue por el sitio desde donde me tocó trabajar.

Destacaría el momento en que el micrófono de Bob Dylan empezó a fallar. Él siguió cantando y tocando el piano, aunque con dificultades, pero cuando empezó a sonar un ruido desagradable, ahí sí que tuvo que dejar de cantar. Se le notaba levemente preocupado, pero los músicos en seguida empezaron a improvisar y pasados unos segundos, Bob Dylan volvió a cantar confiando en que los técnicos lo solucionaran sobre la marcha, y así fue. En ese momento la gente aplaudió más fuerte a la banda, como valorando el esfuerzo que hicieron. Fue el primero de los tres conciertos y se pudo percibir que no estuvieron a gusto al 100%, y más después de ese incidente. Pero, aún así, he de reconocer que fue un gran concierto, lo que ocurre es que con este tipo de artistas se crean unas expectativas muy altas, es decir, se va con una idea del concierto y del Bob Dylan al que quizá nos gustaría encontrarnos.

Otra de las cosas que más me sorprendieron fue su voz, aún más rota y mucho más grave de lo que la recordaba. A veces sacaba un sonido sucio y oscuro, como de garganta fumadora, a lo Tom Waits, para entendernos. Sin embargo, en otras canciones, las de Frank Sinatra y Tony Bennett, por ejemplo, intercalaba los graves con un tono más fino y agudo con una sensibilidad y una presencia semejante a la de Chet Baker, aunque con una personalidad única. Y me pareció un ejercicio muy interesante que reinterpretara temas suyos, de los más conocidos de su carrera, pero algunos de manera casi irreconocible, como ‘Blowin’ in the Wind’.

Cate Blanchet caracterizada como Bob Dylan en I´m Not There (2007), de Tod Haynes, en la pared de mi habitación (c) Rau García
Cate Blanchet caracterizada como Bob Dylan en la película ‘I´m Not There’ (2007), de Tod Haynes, en un rincón de mi habitación.

MARTES 27 DE MARZO (setlist)
El segundo día me tocó en la misma puerta, pero los agentes de seguridad me dijeron que me tenía que sentar de espaldas al escenario para vigilar al público, así que tuve que reír por no llorar. No me podía creer que fuese a ver este concierto de espaldas, pero pensándolo bien, ahora estaba aún más cerca de Bob Dylan, a unos 6 metros, solo tenía que girar la cabeza a la izquierda para verle. Pero claro, no podía estar mirándole constantemente porque mi función era intentar que el público no hiciera fotos o grabaciones, aunque siempre que podía giraba el cuello discretamente, arriesgándome a que me diera tortículis… Pero merecía la pena porque parecía que me estaba mirando a los ojos mientras cantaba por cómo estaba sentado frente al piano, y realmente creo que nuestras miradas se cruzaron en algún momento, o en varios. Y no solo eso; como tenía un altavoz justo a mi lado, parecía que me estaba cantando al oído, así que casi se me saltan las lágrimas, pero me contuve porque tenía delante a todo el público.

Por otro lado, disfruté observando los rostros y las reacciones del público, fue una forma interesante de vivir un concierto así. Al igual que el primer día, la mayoría de la gente no daba crédito a encontrarse delante de Bob Dylan. El público estaba boquiabierto con una media sonrisa y tenía los ojos brillantes como los de los niños cuando van a la cabalgata a ver a los Reyes Magos. Un brillo parecido al de los ojos de un hombre que no aguantó estar sentado en su butaca y en la segunda canción se levantó, se fue a la parte de atrás y se puso a bailar como si estuviera en Woodstock en 1969. Fue un espectáculo muy divertido verle, incansable, dándolo todo hasta que acabó. Luego vi a otro señor que se durmió a mitad del concierto, así que se fue al baño y regresó sospechosamente más despierto y tocándose la nariz. Así que nunca me lo hubiera imaginado, pero tuvo su encanto darle la espalda a Bob Dylan.

Todo iba bien cuando de repente hubo otro fallo de sonido, de nuevo en el micrófono de Dylan. Esta vez no sonaba un ruido desagradable, sino que a ratos el micro dejaba de funcionar y la gente se desesperaba, lógicamente. Se intentó resolver sobre la marcha, como el día anterior, pero esta vez no conseguían arreglarlo, así que Bob Dylan y su banda tuvieron que abandonar el escenario, interrumpiéndose el concierto durante unos 10 minutos. Tiempo que se hizo eterno porque mientras los técnicos intentaban arreglarlo, se escuchaban algunos abucheos. Una vez solucionado retomaron el concierto como si no hubiera pasado nada, pero al terminar escuché comentarios de decepción. A pesar de ese problema, este segundo día me dio la sensación de que en general sonó mejor todo y que Bob Dylan estuvo más cómodo que el primero, pero el show aún no había alcanzado todo su potencial.

Por cierto, minutos antes de empezar el concierto, un señor me dijo que me parecía lejanamente, por el bigote, a un joven Patrick “Pat” Floyd Garrett, el sheriff que mató a Billy “el Niño”. Ésta fue su manera de recomendarme la película Pat Garrett and Billy the Kid (1973), de Sam Pekinpah, western en el que precisamente Bob Dylan hizo un papel como actor y además es autor de la música original para la banda sonora.

Rau García después del concierto de Bob Dylan. Foto (c) Roberto de Gregorio OK
Rau García después del concierto. Foto: Roberto de Gregorio

MIÉRCOLES 28 DE MARZO (setlist)
El tercer y último día pedí que me cambiaran a otra puerta y esta vez, gracias a mis jefes y a mis compañeros, sí lo pude ver en condiciones, de frente y desde el patio de butacas. Sin duda, este concierto fue el mejor de todos y lo recordaré siempre. A pesar de que Bob Dylan no se caracteriza por interactuar con su público (días antes había leído en la prensa que no decía palabra, ni un “¡Hola, Madrid!”, por ejemplo, y no defraudó…), ocurrió algo precioso: empezó la parte instrumental de ‘Desolation Row’ y la gente se puso espontáneamente a aplaudir al ritmo, con mucha emoción, pero cuando Bob Dylan empezó a cantar todo el mundo se puso de acuerdo para dejar de aplaudir. Entonces, Bob Dylan, sin dejar de cantar, se puso también a dar palmas para que el público continuara, y así, junto a él, totalmente entregados, estuvieron dando palmas hasta el final de la canción. Se le veía disfrutando de esa comunicación con el público, y hasta combinó las palmas con golpes con las manos en la tapa del piano. Este momento mágico, que duró varios minutos y que nadie se esperaba, fue de los que producen escalofríos a los amantes de la música y a los fans de Bob Dylan.

Por otro lado, este día pude verle con todo lujo de detalles cuando, en las canciones más lentas, con una energía lánguida y muy romántica, cantaba y se movía como un galán, degustando cada palabra y cada dibujo que hacía la melodía al pasar por su garganta. Estar de pie frente al micrófono, sin guitarra ni harmónica, le permitió expresarse con gestos más libremente. Y verle cuando tocaba el piano de pie, con sus piernas de palillo arqueadas y con la boca pegada al micrófono, era un show también.

Al saludar hizo la misma reverencia con la que se despidió las dos noches anteriores, poniendo una pierna delante de la otra y flexionando las rodillas, y una media sonrisa vacilona. Con esa misma actitud es con la que camina, como un vaquero del lejano oeste entrando en el bar del pueblo. Yo, a su vez, “me despedí” de Bob Dylan por si no le volvía a ver en directo nunca más. Y esta vez sí, el público se fue a casa con la adrenalina y el buen sabor de boca de haber estado en un concierto muy especial.

Los tres conciertos comenzaron con ‘Times Have Changed’, canción ganadora de un Oscar, ya que es el tema principal de la película Jóvenes prodigiosos (Wonder Boys, 2000), de Curtis Hanson, cuya letra dice así: “Este lugar no me está haciendo ningún bien, estoy en la ciudad equivocada, debería estar en Hollywood”, pero al final Madrid le hizo bien.

Adrian Saint versionando a Bob Dylan. (c) Rau García
Adrián Saint versionando a Bob Dylan. Pincha en la foto para escucharle.

Hubo muchos músicos conocidos que no quisieron perdérselo: Ariel Rot, Leiva, James Rhodes, Christina Rosenvinge, Coque Malla, Santiago Auserón, Amaia Montero, Diego Vasallo, entre otros artistas como Marisa Paredes, David Trueba… También fue cita obligada para los fans de Bob Dylan de todas partes de España, como Adrián Saint, que vino con su guitarra eléctrica y su amplificador desde Mallorca a ver por primera vez a su ídolo y de paso, antes de entrar al Auditorio, se puso en la puerta a reinterpretar a su manera canciones de Bob Dylan. Al acabar el concierto le pregunté que si le había gustado y me contestó que eso era poco para definirlo, que más bien había estado “en el paraíso”.

Para terminar, me gustaría comentar algo que escuché a varias personas, dicho de diferentes formas: que “está cascado” y que además de que “ya no tiene voz”, “no toca los clásicos” (o no tantos y del modo en que ellos quisieran) y por tanto, “no se debe a su público”. A mí me parece muy interesante ver cómo se va haciendo mayor un artista que ha pasado por varias etapas, que ha aportado tanto a la cultura musical. Y me siento afortunado de asistir a un concierto de una gira que le apetece hacer de corazón, porque no tiene necesidad ni nadie se lo exige. Pero siempre habrá gente que se empeñe en que los artistas deberían retirarse a una cierta edad, dejando su carrera “en alto” cuando notan que sus cualidades vocales ya no son lo que eran. Quizá iba dedicado a ellos el tema elegido para concluir (en la segunda propina) ‘Ballad of a Thin Man’, cuya letra dice: “Intentas entenderlo, pero no lo consigues; esto es precisamente lo que dirás cuando llegues a casa”.

Pero seguro que él está por encima de todo esto y seguirá haciendo música y dando conciertos hasta que le queden fuerzas (además, la edad y la experiencia es un valor añadido en estilos como el blues). Porque Bob Dyan, que ha demostrado seguir siendo joven de espíritu a sus 76 años, es de los que morirán con las botas puestas, pese a quien le pese. Unas botas muy parecidas a las que lleva en los conciertos de la gira Never Ending Tour, que como dice el título, espero que no se termine nunca.

Rau Skywalker y R2D2 II

*Si te ha gustado esta crónica, te invito a leer

Allegro ma non troppo,

sobre mi experiencia, como actor,

trabajando de acomodador en el Auditorio Nacional

y mi relación con la música clásica.

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