“Morir” en La Fiesta del Cine

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Por Rau García.

El otro día hice sesión doble. Primero fui a los Cines Renoir y luego a los Cines Golem. Elegí dos películas completamente diferentes que, sin saberlo, tienen algunas conexiones, pequeñísimas, pero lo suficientemente grandes, vistas con lupa, como para escribir una reflexión. O puede que sean imaginaciones mías, no lo sé. Sea como sea, os invito a leer este confeti de neuronas y os animo a que vayáis al cine a hacer doble sesión para que experimentéis este *fenómeno que a veces, no siempre, ocurre.

La primera película fue Mal genio (Le Redoutable), de Michel Hazanavicius, en la que vemos a Jean-Luc Godard en una fase de lucha interior y exterior que influye en casi todos los aspectos de su vida: sobre todo en lo sentimental y en lo artístico. Debido a su implicación política mezclado con su desencanto con la manera de hacer cine, llega a afirmar que el Godard anterior (refiriéndose al autor) ha muerto.

Fotograma 2 La chinoise

Y de esta muerte poética vamos a la otra película que vi esa misma tarde: Morir, de Fernando Franco, que como la anterior, también cuenta la historia de una pareja a la que unas circunstancias rompen su estabilidad emocional y ponen a prueba la solidez de su amor. Pero en el caso de la película española, protagonizada por Marian Álvarez y Andrés Gertrudix que hacen un trabajo muy delicado, no se trata el tema de la muerte en sentido figurado, el conflicto surge de una circunstancia de extrema dificultad, por eso insisto en que, aunque estas circunstancias deterioran ambas relaciones, la conexión con la película francesa (del director de The Artist, por cierto) es minúscula. Esta vez el fenómeno de la doble sesión fue muy débil, pero hay una cosa más por lo que fue interesante ver juntas estas dos películas.

IMG_20171018_200241848Una de las cosas que plantea Mal genio es si, teniendo en cuenta cómo están las cosas a nuestro alrededor más cercano, en nuestro país y a nivel internacional, lo que le apetece al público es ir al cine para ver historias alegres y para reírse, no para adentrarse en temas políticos, o para ver cosas tristes, desagradables o con un estilo de narrativa fuera de lo convencional que nos exija pensar. Lo que Godard palpa en la calle es justamente eso; la gente le respeta, pero le pregunta si volverá a hacer películas como las de antes (se refieren a Al final de la escapada o a El deprecio), a pesar de que éstas también tienen un lenguaje cinematográfico muy moderno y son muy intelectuales. Esto a Godard le enerva, pero le importa lo justo, según vemos en la película, que esta basada en Un año ajetreado, la novela autobiográfica de la actriz Anne Wiazemsky, su segunda esposa que falleció a principios de este mes. Lo que sí le afecta es la incomprensión con que es acogida La Chinoise (1967) por parte del público, de la crítica y hasta de los chinos maoístas. Pero lejos de adaptarse a los gustos ajenos y comerciales y a pesar del rechazo, esto le hace reafirmarse y seguir experimentando a través del cine.

Un año después, en mayo de 68, junto a François Truffaut, Louis Malle, Roman Polanski, entre otros (Carlos Saura también participó en el motín), decide boicotear el XXI Festival de Cannes como gesto de apoyo a los movimientos sociales que se están produciendo en esos momentos en París. Curiosamente, Louis Garrel, el actor que interpreta a Godard en Mal genio, ha protagonizado varias películas que transcurren durante estos levantamientos, como Soñadores (The Dreamers, 2003), de Bernardo Bertolucci, que también aparece en el biopic.

Conociendo el contexto de este sucesoentiendo cómo se llegó a tomar una decisión que puede resultar un tanto radical, un entusiasmo que a veces contrasta con la moderación de nuestros días. Porque hoy sigue habiendo motivos por los que los intelectuales se unan y hagan manifestaciones de este tipo, pero actualmente, en la cultura y en las humanidades, no existe, generalmente (hay excepciones), ese nivel de fervor y esa rebeldía con la que antes se luchaba contra las injusticias. Son otros tiempos, pero ayer, hoy y siempre los artistas tendrán el poder de contribuir a cambiar las cosas, pues nos abren la mente y nos hacen mirar la realidad de otra forma, y no solamente a través de sus obras.

Aunque me pareció que Godard queda como un “idealista sin causa” (y a pesar de su actitud se nota cierto cariño en este retrato), Mal genio despertó mi lado revolucionario. Siempre he admirado el espíritu de Godard, el de la Nouvelle Vague, y su obra, pero al mismo tiempo es un personaje críptico que me descoloca. Y esto me fascina, aunque no comparta o no comprenda todo. Creo que etapas de crisis como en la que se centra la película, por ejemplo, son necesarias en la vida de artistas como Godard, porque convierten la convulsión en un estímulo para evolucionar. Y con ese estado de alteración y contradicción entré a ver la siguiente película, a cuyo ritmo y tono tuve que adaptarme rápidamente, dejando para 104 minutos más tarde mis ganas de revolución.

Al salir de ver Morir se me quitaron las ganas de revolución, pero teniendo en mente las dos películas, seguí dándole vueltas a la cuestión planteada antes, pero adaptada a nuestros días: ¿al cine se va para evadirse de los problemas, para desconectar de la realidad? La señora de la cuarta fila respondería que sí, a juzgar por sus ronquidos durante la proyección de Mal genio (en la película pasa algo muy parecido, también en una sala de cine y viendo, precisamente, una película de Godard). ¿O al cine se va para ser espectadores activos, para hacernos preguntas, para verse en la piel, en situaciones y en escenarios nunca imaginados? Puede que según la película y el momento vayamos al cine para todo eso junto o para una cosa sola, pero, con palomitas o sin ellas, si no soñamos con fuerza, no merece la pena.

Fernando Franco tiene una cosa en común con Jean-Luc Godard. Si nos fijamos en los dos largometrajes que ha dirigido hasta ahora, La herida (2013) y Morir, no es un cineasta complaciente. No hace lo que el público o los productores demandan pensando en intereses comerciales, hace lo que le apetece expresar y explorar en ese momento, y lo que se hace con el corazón, al final interesa y emociona, aunque no sea a un público masivo. Prueba de ello fueron los reconocimientos que obtuvo su anterior película en los Premios Goya, Forqué, Feroz, Festival de San Sebastián, etc.

Ir a ver Morir es enfrentarse a una dura historia, cruda, llena de silencios, miradas y comportamientos que hay que interpretar, solo apta para valientes, haciendo un guiño a una frase del guión. Y es que si se hicieran películas, se escribieran novelas, se esculpieran esculturas, se pintaran cuadros, se compusiera música, etc.,  teniendo en cuenta el estado de ánimo de la sociedad y lo que creemos que necesita en ese momento, no existirían muchas obras de arte. A veces, el arte es una terapia de choque que nos enfrenta a nuestros monstruos y, camaradas (como se decía en el entorno estudiantil y obrero, incluso el propio Godard), se suele salir fortalecido.

Pero esto no es una crítica. Es una excusa para compartir con vosotros una cosa que estos días se oye en las taquillas de los cines donde se proyecta esta película cuando alguien va a comprar una entrada. Yo fui a verla en los Golem de Madrid (por cierto, otra casualidad, bajo la taquilla hay un gran fotograma de Alphaville, de Godard). Allí escuché este diálogo, entre tétrico y cómico al mismo tiempo:

- Una para 'Morir', ahora.
 A lo que la taquillera respondió – Una para 'Morir' a las ocho y veinte. ¿Centrado en la 7?
 - Sí, ahí está bien.

El cineasta conservó el título de la novela en la que se inspiró: Morir’, de Atrhur Schnitzler, para crear esta libre adaptación. Un título arriesgado para una película, llegaron a plantearse, pero Fernando Franco decidió apostar por él y ahora se produce algo escalofriante. Cuando alguien saca una entrada es como si fuese al cine a morir (al margen de lo que trata la película), eligiendo butaca, con toda normalidad. Mientras esté en cartel se puede elegir entre fallecer en las sesiones de las 16:10, 18:15, 20:20 o 22:30h. Eso sí, el día que fui yo salió más económico, a 2,90 euros, por ser ‘La Fiesta del Cine’.

Afortunadamente, todos los que entramos a esa sesión sobrevivimos, pero no salimos ilesos, cada uno a nuestra manera. Sin embargo, hay algo en lo que seguramente todos coincidamos: que salimos con más ganas de aprovechar cada segundo de vida y cada uno de los fotogramas que caben en un segundo.

*Fenómeno de la doble sesión: Cuando dos películas completamente diferentes coinciden en la cartelera y tienen minúsculas conexiones o paralelismos, a veces microscópicos, que normalmente solo se detectan, en contadas ocasiones, cuando se ven una a continuación de la otra sin casi tiempo para digerir la primera.

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