Instantes e instantáneas irrepetibles.

LETRERO 1 AMARILLO

Por Rau García.

Es curioso que disparando una fotografía no mates a la imagen,
al contrario, la mantienes viva.
Pero no siempre es sinónimo de inmortalizar un instante.
A veces puede ser su condena al olvido.
A veces no haciendo una foto, ese instante sobrevive en la memoria.
La mente es una excelente fotógrafa que no necesita cámara,
solo necesita estar, estar presente.

Lo tengo comprobado; si piensas que ante ti hay algo que merece ser fotografiado pero por algún motivo no disparas la foto en ese instante, se esfumará para siempre, como si de repente alguien entrara en el oscuro laboratorio que hay dentro de tu cabeza donde estás revelando esa foto imaginada a la luz de una bombilla roja, encendiera la luz blanca y se velara el negativo. Pero no me estoy refiriendo a cualquier foto, sino a ésas que son irrepetibles (o que es poco probable que se vuelvan a repetir igual), por la atmósfera del lugar en ese preciso momento, por un gesto o por un movimiento de una persona o de un animal, o por algún elemento inaudito de un paisaje, o por un *accidente cotidiano, ya sea una desgracia o algo maravilloso, o por un fenómeno que pocas veces se manifiesta… Todo esto sumado al enfoque personal que tú le des a través de tu cámara, del ángulo que escojas, del objetivo, en definitiva: de tu toque maestro. Imágenes que aparecen ante ti, vivas, y sientes el deseo de inmortalizar, pero a veces, por el motivo que sea, no lo haces o no tienes una cámara a mano, y entonces mueren y van al limbo de las fotos que se han visualizado pero nunca han llegado a hacerse.

Esto me ha pasado una decena de veces, y seguro que alguna más que he olvidado, pero éstas las recuerdo bien porque ocurrieron hace poco y otra me dolió especialmente. Empezaré con las tres últimas, que tienen a un ave (o a varios) como protagonista.

24 HOUR PHOTO 2
Fotograma de Retratos de una obsesión (One Hour Photo, 2002), de Mark Romanek.

Un periquito, un gorrión y dos pavos reales.
Era domingo y hacía un día espléndido, así que me puse la ropa de deporte y salí a correr a un parque mientras escuchaba música con auriculares, para motivarme. Cuando llegue, me uní a los desconocidos que, como yo, habían salido a correr por el parque, que estaba lleno de gente disfrutando del buen tiempo: unos tomando algo en la terraza de un bar, otros jugando con sus perros, familias celebrando cumpleaños al aire libre, parejas besándose en la hierba, personas solas leyendo… Era una felicidad y una paz contagiosa la que transmitía ese lugar en ese momento justo. Hasta los árboles estaban felices. De repente vi a un hombre recostado tan pancho en el césped con un periquito verde posado en su hombro. Esta fue mi escusa para detenerme después de llevar un rato corriendo. Algunas personas que pasaban por allí se detenían a observar a esta entrañable pareja de amigos, pero ellos parecían no darse cuenta o no importarles. Lo que me llamó la atención no fue simplemente esa imagen, sino la energía que desprendían. Era la síntesis perfecta de la atmósfera que se respiraba en el parque. Me fijé en que el periquito estaba suelto y podía echar a volar en cualquier momento, pero no, permanecía allí tranquilo, piando y dando besitos (o piquitos, mejor dicho) en los labios a su amigo. Estabamos todos embobados viéndoles y entonces sentí unas ganas irreprimibles de sacarles una foto, pero cuando salgo a correr no suelo coger el móvil, solo llevo un reproductor de música y las llaves de casa para ir más cómodo. Así que, sin pensarlo dos veces, volví a casa corriendo como un rayo a coger la cámara. Se les veía tan a gusto que quizá seguirían allí al regresar, pero no, cuando volví ya no estaban y me dio una rabia tremenda.

Otra de las fotografía que nunca llegue a hacer es la del gorrión, simplemente se posó en una estatua de un pájaro parecido a él, pero era una imagen bonita ver al de verdad sobre el de piedra. No tomé la foto porque en ese momento tenía a mi sobrino sobre mis hombros, pero estuvimos observándoles, casi en la misma posición de esos dos pájaros, uno sobre el otro, hasta que el gorrión echó a volar y con él mi bonita fotografía.

En la de los pavos reales no llevaba cámara encima y estuve apunto de pedírle el teléfono móvil a mi acompañante para poder hacer una fotografía, o incluso un vídeo, pero lo dejé pasar. Ya tarde supe que fue un craso error. Estaban haciendo el cortejo de apareamiento a la hembra con su majestuosa cola desplegada en un gran abanico de plumas preciosas y sacando pecho. De repente, se colocaron uno frente al otro a una distancia como de 8 metros. Mientras, la hembra en medio de la escena haciéndose de rogar, y alrededor algunos mirones cómo yo asistíamos como público al acto íntimo. Bueno, pues os prometo que parecía un duelo a lo Sergio Leone, manteniéndose ambos machos la mirada durante un largo rato, primero muy quietos, luego moviéndose lentamente como apunto de desefundar sus pistolas. Más que erotismo animal, se mascaba la tensión en el ambiente. Fue algo digno del National Geographic.

LETRERO 3 JUNTOSok

EL VIAJANTE BAJO LAS NUBES DEL TÁMESIS
Las fotos nunca hechas que os he contado hasta ahora son “menores”; quiero decir, que en el fondo tampoco pasa nada si perdí la ocasión de hacerlas, pero ésta que voy a relataros a continuación sí considero que hubiera sido una fotografía de calidad, por eso me arrepentiré siempre de no haberla hecho, teniendo en cuenta que tenía una cámara guardada en la mochila y el móvil en el bolsillo, y que las buenas fotografías son un milagro que no ocurre todos los días. -¿Por qué no la hice entonces?, os preguntaréis. Pues iba con prisa, cargado de maletas y no podía con mi alma. – ¡Pero hacer una foto no cuesta nada, y se tarda un segundo!, diréis. Lo sé, no es excusa suficiente, pero fui un vago y opté por retenerla (en la mente), no capturarla (en una cámara) y seguir mi camino. ¡Y vaya si la retuve! No la olvidaré nunca. Subiendo unas interminables escaleras mecánicas tuve el dilema de retroceder a sacar la foto o pasar de largo, pero el cansancio y el tiempo que jugaba en mi contra me lo impidieron. Vamos, que fui yo el que me lo impidió, ¿a quién quiero engañar…? Pues bien, me equivoqué porque en mi opinión esta imagen merecía ser conservada y compartida con los demás, pero en ese momento no me di cuenta. Sin embargo, ese día empecé a estar más alerta ante estos acontecimientos y a plantearme más en serio la posibilidad de fotografiarlos, pues hasta ese momento era solo una afición que no me quitaba el sueño. He ahí el problema: supe que me interesaba este tipo de fotografía cuando ya era demasiado tarde, pero al menos una foto nunca hecha me sirvió para espabilar y hacer otras muchas.

Fue en el metro de Londres. Estaba haciendo un transbordo y a lo lejos vi a una señora de espaldas que estaba en el andén esperando al metro. Era uno de esos andenes donde enfrente hay una pared, es decir, que no se ve el que va en la dirección opuesta. En esa pared había un cartel publicitario de grandes dimensiones, no me fijé en lo que anunciaba, pero era el famoso cuadro de ‘El caminante sobre el mar de nubes’ (1818) del pintor romántico alemán Caspar David Friedrich. Vi a un hombre parado delante de este cartel, casi alineado con el hombre que aparece en el cuadro, según mi perspectiva, y entonces visualicé una buena foto: si me colocaba detrás de él a unos metros de distancia para que el tamaño de su cuerpo y el paisaje fuesen semejante al del cuadro, podría fotografiar al hombre sustituyendo a la persona que aparece en el cuadro (que, por cierto, se cree que es el propio Friedrich). Por eso hubiera titulado a esta fotografía, haciendo un guiño a la obra original que, por cierto, puede verse en el Kunsthalle de Hamburgo: ‘El viajante sobre las nubes del Támesis’, porque el metro en el que me encontraba pasaba debajo del río que atraviesa Londres.

Estuve dos días rayado, dándole vueltas, imaginando como hubiera quedado la fotografía, y al tercero volví expresamente a aquel anden para intentar sacar esa foto con cualquier otra persona que se pusiera delante, pero al llegar vi que ya habían quitado el cartel y reemplazado por otro distinto. Ese fue mi primer chasco fotográfico.

El viajante bajo las nubes del Támesis
El viajante sobre las nubes del Támesis. Foto nunca hecha por Rau García.

Me produce mucha tristeza tener que describir esta foto en vez de simplemente mostrarla, pero gracias a esto me he decidido a reflexionar estas líneas. ‘El caminante sobre el mar de nubes’ es un cuadro que sugiere muchas interpretaciones, pero a raíz de esta historia pienso (en broma, pero la conlusión a la que llego es cierta) que posiblemente lo que Friedrich estaba sintiendo mientras miraba ese paisaje era esa rabia por no disponer en su época de una moderna cámara de fotos para poder capturar ese poderoso instante. Por eso, quizá su manera de plasmar esta frustración fue pintando este fascinante cuadro (¿autorretrato?) con el que obtuvo un resultado más impresionante y más veraz de lo que quizá pudiera haber conseguido realizando una fotografía. Pero, ¿y si se pintó a sí mismo sintiéndose afortunado de no tener ninguna distración que pudiera interrumpir esa profunda emoción que inmortaliza el cuadro, afortunado de poder estar en cuerpo y alma y no a medias como vamos por la vida en la actualidad? En cualquier caso, da la sensación de que el personaje del cuadro está presente, pensando, activo, consciente, meditando, y al mismo tiempo, parece estar inmerso en un momento existencial, desconectado de lo material, que le eleva espiritualmente.

Por el temporal de ese momento, la altura y el terreno rocoso deduzco que este cuadro no pudo pintarse en aquel lugar al aire libre. Seguramente, antes de ponerse a pintar, tuvo que observar primero cada detalle, estar presente para ser consciente de todas las sensaciones que percibía, luego hacer algunos bocetos y tomar notas. O puede que sí lo pintara allí mismo (dicen que es un paisaje de Sajonia), pero que hiciera mejor tiempo, o que lo pintara en su estudio y se lo inventara todo para transmitir un estado de ánimo, un pensamiento… Un cuadro muy enigmático que me ha hecho intentar imaginarme lo que pasaba por la mente de Friedrich, o de ese hombre anónimo, en ese preciso instante y cómo era la gente antes de la invención de las primeras cámaras y la aparición de la fotografía, ahora que estamos saturados de fotos e imagenes en esta era tan audiovisual.

INSTANTES GIF
Retrato de un obsesivo caminante sobre un mar de nubosas fotografías nunca hechas.

Dejando al caminante tranquilo, otra cosa diferente a la captura física, ya sea en un carrete fotográfico o en digital, es la retención en la mente que comentaba antes. Hay veces que tenemos la oportunidad de hacer una foto, pero preferimos no hacerla porque nuestra sabia experiencia nos dice que si prescindimos de hacer esa fotografía y nos concentramos en la vivencia y en la observación, se suelen conservar mejor los recuerdos que si se los confiamos a una fotografía o a un vídeo que podremos mirar siempre que queramos. Expertos en el tema aseguran que desde que usamos diferentes dispositivos donde podemos guardar información que antes conservábamos en nuestro cerebro, hemos dejado de retener cosas que antes sí memorizábamos, que tenemos una memoria selectiva y vaga, porque sabemos que los datos están ahí, en la nube, o en la agenda, etc., y no los acumulamos en el “disco duro” o en la “tarjeta SD” de nuestra mente. Con las vivencias y las imágenes que presenciamos puede suceder lo mismo, sobre todo en una época en la que se vive cada vez más con el móvil en la mano y se tiende a fotografiar (y a compartir) casi todo, porque si no, de cara a los demás, parece que no estuviste, o que no tienes una vida interesante, o que no eres feliz, o que no existes, directamente. Solo contarlo no es suficiente. Da la impresión de que se prefiere el recuerdo y la exhibición a la vivencia, porque el primero parece más duradero y la segunda se nos escapa entre los dedos como el tiempo en un reloj de arena. Por ejemplo, ya es completamente normal ir a un concierto y que la gran mayoría del público esté haciendo tropecientasmil fotografías y grabando vídeos con el móvil (y muchas de esas fotos casi idénticas y grabaciones no se volverán a ver nunca). El paisaje de los espectáculos en directo es diferente al de hace una década, porque el modo en que la tecnología entra en nuestra vida cotidiana afecta a nuestra conducta. Estamos allí, está sucediendo en vivo y en directo, frente a nosotros, pero muchas veces elegimos verlo a través de una pantalla que cabe en nuestra palma de la mano. Parecen luciérnagas, pero cada una de esas lucecitas corresponde al móvil de una persona que quiere conservar y compartir un instante irrepetible. Y yo soy una luciérnaga más.

“Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. ¿Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia, porque no los fotografié?”, se preguntaba el replicante. Bueno, me he permitido una pequeña variación de la mítica escena de Blade Runner (1982), de Ridley Scott, porque me sirve para sintetizar esta idea. No somos robots, por tanto somos sensibles a estos momentos únicos, y cuando ocurren los reconocemos, pero hoy tendemos a fotografíar todo tan mecanicamente que ya no damos el valor que merecen a las imágenes verdaderamente importantes y especiales, inducidos en parte por las redes sociales y por nuestro miedo humano a olvidar.

Antes, en la era predigital, no se podían hacer tantas fotografías como ahora, ni grabar tanto, porque se filmaba en película de cine y era más costoso y trabajoso. En la actualidad se hacen fotos y se graba de una manera más compulsiva, tanto en el mundo profesional como a nivel aficionado. Además, la técnica era más compleja porque no se podía visualizar de forma inmediata como ahora. Prácticamente ya no hay que mandar a positivar, de hecho es un término que se está perdiendo, hoy casi todo es instantáneo, pero no quiero desviarme del tema.

Lo que me pregunto es si la captura y la retención de un momento único están reñidas o son compatibles. Yo creo que ambas acciones no tienen por qué ser enemigas, además las generaciones más jóvenes, los denominados ‘millennials’, ya están acostumbradas a hacer varias cosas a la vez con el móvil en la mano como una prolongación más de su cuerpo y mente, aunque esto tiene un lado negativo y peligroso. Pero ellos tienen la capacidad de estar y no estar. A pesar de eso, creo que no hay nada más intenso que vivir algo con los 5 sentidos puestos en el momento sin la posibilidad de inmortalizarlo artificialmente. O mejor, con la posibilidad de hacer la foto o el vídeo, pero eligiendo no hacerlo, a no ser, claro, que tengamos algo que expresar que merezca la pena con esa imagen estática o en movimiento, más allá incluso de recordar un momento para la posteridad. Porque hay cosas que, por bellas o curiosas que sean, no merecen ser capturadas, otras no merecen ser retenidas, y al revés. Por eso, yo intento no fotografiar todo al tuntún, inconscientemente. Os animo a seleccionar, a estar presente, sin artilugios (o ser capaces de tenerlos y no usarlos, es decir, a no ser dependientes), pero si crees que puedes estar ante una buena fotografía, ante la duda ¡dispara!, ¡SIEMPRE!

CONCIERTO
Concierto de Paul McCartney en el Estadio Vicente Calderón, Madrid (junio 2016). Foto: Rau García

Están las cámaras de fotos de usar y tirar,
hay quien las llama “desechables”.
Con ellas se pueden hacer fotos memorables,
y también fotos de mirar y olvidar.
Pero esto pasa con cualquier cámara,
con la más barata y con la más cara.
Incluso con las famosas Polaroid,
hay quien las llama “instantáneas”,
pero ahora lo que importa son los instantes de hoy.

*Si te ha gustado esta reflexión, te invito a que leas Dulce mapa de las estrellas, sobre la belleza y la magia que pueden albergar algunos accidentes cotidianos.

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