Filología cinematográfica

¿Lo que detecté viendo Sonata de otoño es un error en la traducción del doblaje y los subtítulos, o es algo aceptado porque a veces no es posible o recomendable ser literal? ¿Cómo puede ser que los subtítulos y el doblaje (en un mismo idioma) difieran tanto? Este artículo va de matices.

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Por Rau García.

*“Te idolatraba, mamá.
Para mí eras la vida o la muerte,
pero no me fiaba de tus palabras,
no expresaban lo que yo veía en tus ojos”.

**“Te quería, mamá.
Era cuestión de vida o muerte,
pero no confiaba en tus palabras.
No estaban de acuerdo con tu mirada”.

Eva (Liv Ullmann) en una escena de Sonata de otoño.
*versión doblada en español.
**versión subtitulada en español.

Los dos Bergman, director y actriz, coincidieron en el festival de Cannes de 1973, donde Ingmar presentaba Gritos y Susurros e Ingrid era jurado. Allí se prometieron trabajar juntos algún día en un proyecto todavía desconocido para ambos. Esta película sería Sonata de otoño, que años después ganaría el Globo de Oro a Mejor película extranjera y sería nominada a dos premios Oscar: Mejor actriz protagonista para Ingrid Bergman y Mejor guión original. Por el resultado cualquiera diría que parece haber una química absoluta entre actriz y director, pero lo cierto es que se tornó tóxica durante las primeras lecturas de guión, los ensayos y el rodaje (recomiendo ver el making of que incluyen los extras del Blu-ray editado, creo que exclusivamente, por The Criterion Collection), pero como buenos profesionales supieron amoldarse el uno al otro y a los distintos métodos de trabajar y enfocar el guión.

Dicen que esta película, que es ficción, tenía una conexión personal con Ingrid Bergman por los paralelismos con su vida personal. Uno de sus primeros papeles importantes en el cine fue Intermezzo (1936), de Gustav Molander, en la que dio vida a una pianista; película sueca de la que, solo tres años más tarde, se hizo una especie de remake en Estados Unidos llamado Intermezzo: A Love Story,  dirigido por Gregory Ratoff. Décadas después volvería a interpretar a una pianista profesional en Sonata de Otoño, el que sería su último trabajo cinematográfico, pues ya cuando se estaba rodando, padecía un cáncer. Su paisano Ingmar tampoco andaba muy bien de salud y seguramente todo esto influyó en el resultado, que es poderosamente estremecedor.

Un año antes de empezar a rodarla, la Administración Tributaria Nacional de Suecia (Hacienda), acusó al director de un presunto fraude fiscal, o en otras palabras (ya que de la elección de las palabras trata este artículo), de haber evadido el pago de unos impuestos. La acusación finalmente fue desestimada, pero Bergman corrió el peligro de ir a la cárcel y este duro golpe le provocó una crisis que le llevó a ingresar en el hospital. Después de pasar una temporada en su casa en la isla de Farö, decidió abandonar voluntariamente su país y marcharse a Munich, Alemania, donde escribió el primer borrador de Sonata de Otoño, que empezaría a rodar en septiembre de 1977 en Oslo, Noruega.

Pero este artículo no trata de lo que tanto se ha escrito y reflexionado acerca de esta obra maestra. Trata de lo que descubrí en una de sus escenas, más allá de la propia película y del contexto en el que fue rodada.

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Inmersión en el lenguaje de Ingmar Bergman
Aún me faltaban por ver algunas de sus películas, así que decidí hacerme un ciclo, pues lo que había visto hasta ese momento me había fascinado. Cuando me senté a ver Sonata de otoño (1978), sinceramente, no esperaba conectar demasiado con ella, pues no era de las películas que más me seducían de su filmografía (hasta la fecha las que más me impactaron fueron las más enigmáticas y oscuras como El séptimo sello, Persona, La hora del lobo, entre otras), pero como buen devorador de cine lo quería ver absolutamente todo. O, de nuevo en otras palabras, me daba cierta pereza enfrentarme a esta película, cosa en lo que hoy ya no me reconozco. Pero es cierto que con algunas películas hay que encontrar el momento y hasta crear el ambiente.

El cine de Bergman, como el de tantos otros (Tarkovsky, Pasolini, Fellini, etc.), exige entrega absoluta, concentración, como cuando se va a un museo, una actitud como espectadores audiovisuales que se está perdiendo en nuestros días frenéticos llenos de distracciones e hiperactividad. Afortunadamente sé que todavía son muchos los románticos que en el cine “desconectan” (o se “desenchufan”). Hace poco pude ver precisamente Sonata de Otoño en el Cine Doré de Madrid, y además de estar la sala llena de un público de todas las edades, no fui desvelado por ninguna pantalla de móvil ni escuché vibraciones o silvidos de whatsapp. Comento esto porque lo que descubrí fue gracias a estar totalmente inmerso en la película, sin que se me escapara ningún detalle.

Efectivamente, la prejuzgué (mal). Y cuando una película en la que no has puesto demasiadas expectativas te sorprende en tal medida, la sensación es un orgasmo intelectual y emocional. Sonata de otoño me abrió la puerta a ese otro tipo de historias bergmanianas que desconocía y que también me fascinaron por la crudeza con la que se tratan temas universales en torno a las relaciones humanas, de una manera además que nunca había experimentado viendo una película, que nos hace adentrarnos en la psicología de los personajes. Películas en las que sigue habiendo esa oscuridad, y luminosidad también, pero de otro tipo a las que citaba antes. En este caso, Sonata de otoño se sumerge visceralmente en una angustia profunda, sentimientos atragantados, viejos rencores, palabras envenenadas entre una hija y una madre, y a pesar de ello hay tanta belleza…

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Es lo mismo, pero no es lo mismo. ¿Me explico?
Ante la impresión que me causó una escena de Sonata de Otoño, que vi por primera vez en su versión original en sueco con subtítulos en español, quise volverla a ver, esta vez doblada en español. Así a lo mejor descubriría algún matiz que se habría perdido entre la traducción de la versión original y la transcripción de los subtítulos. Hice este ejercicio para comprender mejor esta escena que me conmovió profundamente y porque los subtítulos no siempre son una traducción literal de la versión original. A veces hay frases que se traducen de forma que también es correcto, pero no es 100% exacto. Esto puede deberse a que las frases tienen verbalmente una longitud o una duración que transcritas y traducidas es preciso abreviar, como debe ocurrir igualmente, imagino, en la traducción en lenguaje de signos o en la lectura en braille.

Gracias a este ejercicio me di cuenta de que el doblaje y los subtítulos, ambos en español, diferían bastante, y no me refiero solo a las abreviaciones (esto puedo comprenderlo), sino a cosas que afectan al significado. Matices que se suelen pasar por alto, pero no a los cinéfilos meticulosos. Es como si la traducción de los subtítulos y el doblaje los hubieran hecho dos personas distintas que trabajaron cada una por su lado, a pesar de tratarse de la misma película. Sobre este tema, el escritor Premio Nobel de Literatura, Octavio Paz, dice una cosa en ‘Traducción: literatura y literalidad’ que me hace ver el problema, si es que lo es, con más perspectiva: “La traducción dentro de una lengua no es, en sentido estricto, esencialmente distinta a la traducción entre dos lenguas” .

Un gran director de doblaje, José Luis Angulo, al que tuve el placer de entrevistar, me explicó que para sincronizar una frase con los movimientos de los labios de un actor o actriz que se ve en pantalla, a veces hay que pensar en una traducción que signifique lo mismo, pero que encaje en su boca o en un plano determinado, pues hay frases que, por ejemplo, en un idioma se dicen con un par de palabras y en otros se necesitan cuatro. O metáforas, refranes, chistes, insultos, etc., cuya traducción literal a otro idioma pierden el sentido o la gracia, por una razón cultural. Por eso, el trabajo de adaptación, que se hace a partir de la traducción, es una fase del proceso de doblaje muy importante en la que tienen una gran responsabilidad.

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A lo largo de la historia del cine ha habido películas en las que se han tomado grandes licencias por imposiciones de la censura, o frases que en su día se tradujeron de una manera, y a pesar de no ser la traducción más acertada, se acabaron convirtiendo en populares, lo que a veces tiene más peso que ser fiel al original. También ocurre esto muy frecuentemente con las traducciones de los títulos de libros y películas.

“La transformación” fue como Franz Kafka llamó originalmente a la obra que en España hoy se conoce más como “La metamorfosis”. Aquí la sustitución por otra palabra similar es sutil, pero en estos casos un detalle así es crucial. Imagino que será porque la palabra elegida tiene más fuerza y evoca más cosas, y esto puede interesar a las editoriales, aunque pienso que no se debería embellecer o buscar una traducción más atractiva, pues antes del objetivo comercial, se trata de ajustarse lo máximo posible al original que permite la traducción. Pensad en el tiempo y el esfuerzo que Kafka dedicó a encontrar el título perfecto que sintetizara lo que quería expresar, para que luego se lo cambiaran. Bueno, quizá lo tuvo claro desde el principio o puede que barajara la posibilidad de llamarlo como los traductores y editores que le sobrevivieron, pero al final decidió esa palabra precisa y concreta, que además, no había necesidad de buscarle una traducción alternativa porque se entiende igual en español, que en francés, italiano, alemán, inglés… Y en un mundo aparte está la escurridiza rima en la poesía (y junto a ella la métrica, el ritmo, la sonoridad…), que se busca con esmero pero normalmente se pierde en el agujero negro de la traducción.

Cito a un experto en la materia, Jorge Luis Borges (y a su traductor, porque este libro ha sido traducido), en ‘Arte poético. Seis conferencias’, que  hizo su primera traducción (‘El príncipe feliz’, de Oscar Wilde) a los 9 años: “Por ejemplo, en las lenguas románicas no decimos “Está frío”. Decimos “Hace frio”, “Il fait froid”, “Fa freddo”, etcétera. Pero no creo que nadie traduzca “Il fait froid” por “It makes cold” en lugar de “It is cold”. Otro ejemplo: en inglés decimos “Good morning”, y en español decimos “Buenos días” (Good days). Si se tradujera como “Buena mañana”, nos parecería una traducción literal, pero difícilmente una traducción fiel”.

Siguiendo con la literatura, lanzo algunas preguntas que me estoy planteando: si quieres leer un libro y puedes hacerlo en varios idiomas en los que se ha traducido, menos en el original, ¿con qué criterio elegirías el idioma, si los dominas todos igual de bien? ¿Hay autores (incluso géneros) cuyas traducciones a un idioma en concreto tienden a ser mejores según la lengua en la que escriban o depende del trabajo del traductor/a? ¿O es que hay idiomas más “ricos” que otros para la traducción? Y por último, ¿hasta que punto puede ser válida una traducción que se hace a partir de otra traducción y no de la original?

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Otro ejemplo muy conocido: a la película que Roman Polanski tituló Rosemary´s Baby, a alguien se le ocurrió la brillante idea de traducirlo en español como La semilla del diablo (no se le ocurrió otro con un spoiler más explícito). Y así existen un sinfín de casos curiosos, unos más discretos que otros, pero encuentro que es un fenómeno más frecuente en lo que contiene palabras, pues en la música nadie le cambia una figura a Wagner (a no ser que un/a director/a trabaje con la partitura y haga lo que estime conveniente para orquestar su versión, además de aportarle su personalidad), o en la pintura nadie le pone colorete a la Monalisa (al menos no en el mismo lienzo que pintó Leonardo da Vinci), por poner dos ejemplos, salvo que se haga una restauración totalmente libre como la que hizo Cecilia Giménez del Ecce Homo…

O una magnífica reinterpretación (si puede denominarse así), como el homenaje que hace Pedro Almodóvar en Tacones lejanos (1991), con numerosos guiños, muchos de ellos ocultos, a la película de Bergman, que hasta cita expresamente algunas frases, incluso llega a reproducir planos y a introducir elementos de algunas escenas de una forma sutil e ingeniosa, conservando la esencia en la que se inspiró pero llevándola a otro terreno y enrevesando aún más la trama y a los personajes a un nivel insospechado, lo que la convierte en una película tremendamente original en sí misma y al mismo tiempo hace que dialogue con la de Bergman. Recomiendo ver esta particular “adaptación” almodovariana después de haber visto Sonata de otoño, pues ambas películas son potentísimas individualmente, pero si se visionan en este orden, la experiencia es aún más alucinante.

Curiosamente, Marisa Paredes, que interpretó el papel de la madre en Tacones lejanos, regresó a este personaje, pero esta vez al de Bergman, en la versión teatral de Sonata de otoño que dirigió Jose Carlos Plaza en 2008.

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A la izquierda, Liv Ullmann e Ingrid Bergman en Sonata de otoño (1978), de Ingmar Bergman. A la derecha, Victoria Abril y Marisa Paredes en Tacones lejanos (1991), de Pedro Almodóvar.

Pero cuando se trata de hacer llegar al público la obra maestra primigenia, con más motivo, estas cosas deberían ser sagradas (o al menos de eso estaba convencido hasta este instante, porque ahora, leyendo a las eminencias de la traducción, estoy empezando a dudar o a entender la traducción de un modo más amplio y no como una reproducción del original). Aunque también entiendo que los idiomas nos limitan, pero eso crea una confusión que al mismo tiempo nos hace aprender (de esto trata el pasaje bíblico de ‘La Torre de Babel’). Los idiomas que son universales son los ligados a lo emocional y a lo artístico y, en mayor medida, los que no contienen palabras (o las palabras no son esenciales para conectar con las personas o con las obras). Lo diré de otra forma: los idiomas más universales son los intraducibles, los que se transmiten sin palabras ni signos. Por eso hay personas que hablan un mismo idioma y no se entienden, y otras que hablan idiomas distintos, o que no hablan ni se comunican aparentemente, y sin embargo, se entienden (y no, no me refiero a que tengan puesto el auricular ese que van a sacar próximamente que puede traducir una conversación casi en tiempo real, o a que les acompañe un/a traductor/a como si fuera su sombra, como a los políticos).

Cuando queremos transmitir de forma sincera una idea de nuestra mente a otra persona, todos intentamos ser los traductores más fieles, de lo contrario estaríamos traicionándonos. ¿Por qué no se aplica este mismo respeto a las ideas de los otros? Reflexionando sobre el tema, he encontrado una posible respuesta a esta cuestión. Ya en la transmisión verbal o por escrito de nuestros propios pensamientos, a veces nos cuesta hacerlo con total rigurosidad, porque estamos traduciendo un lenguaje abstracto a palabras concretas, y antes de exponer una idea elegimos cómo contarlo, si usamos un adjetivo u otro, etc.  Es decir, todos somos traductores de nosotros mismos (de nuestra mente) cuando queremos verbalizar o plasmar nuestras ideas o nuestras emociones de algún modo. Y en esto influye el idioma que usamos, el número de palabras que manejamos, nuestra inteligencia, nuestra sensibilidad… Pero si no somos capaces de ser fieles a nosotros mismos, ¿cómo vamos a serlo con el resto de cosas traducibles?

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Ponemos las expectativas muy altas en las traducciones, y a veces nos decepcionan, porque inevitablemente muchos piensan que son inferiores a sus originales, cuando en realidad forman parte de ellas, si son buenas y no son imperfectas (una relación íntima entre original y traducción de la que habla Walter Benjamin en ‘La tarea del traductor’). Sobre esta cuestión Borges dice: “Según una superstición ampliamente arraigada, toda traducción traiciona a sus origenales incomparables. Lo expresa muy bien el conocidísimo juego de palabras italiano <Traduttore, traditore> , que se supone irrebatible. Puesto que este juego de palabras es muy popular, debe ocultar un grano de verdad, un núcleo de verdad“.

En la escena que analicé de Sonata de otoño, el significado en general no cambia sustancialmente, se mantiene la esencia, pero para los más tiquismiquis del lenguaje y fanáticos de Bergman estos detalles son cruciales para acercarse más a la verdad de lo que quiso expresar y cómo lo quiso plasmar el director. No siempre se tiene la suerte de poder disfrutar de las grandes obras de arte en el idioma en que fueron realizadas (ojalá supiera sueco para entender esta escena sin necesitar el doblaje o los subtítulos), pero si buscamos la autenticidad, hay que intentar que nos llegue de la forma más fiel posible a sus autores, porque a veces en la traducción, que es subjetiva, se hacen pequeñas interpretaciones o modificaciones del texto original, incluso en la propia transcripción al mismo idioma, tal y como voy a mostrar. Aunque también es justo reconocer que hay traducciones estupendas que aportan y ayudan, incluso, al mejor entendimiento de los originales. Pues, al mismo tiempo que escribo esto, estoy aprendiendo que una traducción literal no garantiza que sea mejor que otra menos fiel sintácticamente. Ahí entra la virtud, el arte del traductor para intentar decir lo mismo, pero no siempre con las mismas palabras, y que siga respetando la obra original. “Llegamos ahora a otro problema: el problema de la traducción literal. Cuando hablo de traducción estoy usando una metáfora muy extendida, puesto que si una traducción no puede ser fiel al original palabra por palabra, aun puede ser menos”, señala Borges.

Y sigo con el escritor argentino, autor de ‘El Aleph’, que como Julio Cortázar y tantos otros, hicieron grandes traducciones de obras maestras: “Durante toda la Edad Media, la gente no consideraba la traducción en términos de una transposición literal, sino como algo que era recreado”. ¿Será que yo he entendido hasta ahora la traducción como en el medievo?

EJERCICIO PRÁCTICO
A continuación expongo dos traducciones de la misma escena de Sonata de otoño, que es la de la habitación de Erik; una conversación entre Eva y su madre Charlotte justo después de la famosa escena en la que tocan al piano el Preludio nº2 op.28 en A menor de Chopin (denominada “presentimiento de muerte” por el pianista y director de orquesta Hans von Bülow). Para la transcripción he usado la edición que distribuye Manga Films desde 2003. A la izquierda el doblaje en español, a la derecha los subtítulos en español (he puesto colores para facilitar la comparación entre las dos páginas):

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Pincha para ampliar la imagen.

La escena termina así:
Charlotte – Vamos a dar un paseo antes de que oscurezca.
Eva – Sí, mam…
Y la palabra final se corta por el comienzo de la siguiente secuencia que pertenece ya a otra escena, pero este es un problema técnico.

Pero es que la cosa no acaba aquí… Hace unas semanas supe de la existencia del libro  “Sonata de otoño. Un guión y cuatro historias”. Lo busqué en Internet y está descatalogado, pero encontré uno de los pocos ejemplares disponibles que quedaban en el mundo en una librería de segunda mano, así que fui corriendo a comprobar lo que me temía. No pude esperar a llegar a casa, ni siquiera a haberlo comprado, tuve que leer ese fragmento en la misma librería. En efecto, era una tercera versión de la misma escena, pero enriquecida con detalles que se omiten en la película, y lo que sí coincide está ligeramente alterado. Pero, claro, de lo que está escrito en el guión literario a lo que se rueda y luego se edita suele haber cambios, y este libro también ha pasado por el filtro de una traductora, entonces, ¡estamos en las mismas! ¿Con qué versión nos quedamos?, ¿cuál es la más la más fiel?, ¿hay que conocer todas para acercarnos a la verdad? ¿Es que se han confabulado para volvernos locos?

A continuación expongo el texto para que vosotros mismos lo podáis comparar con los subtítulos y el doblaje:

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Pincha para ampliar la imagen.

Tras este hallazgo no pude contenerme y encargué en una tienda la edición remasterizada de Sonata de otoño, distribuida en España desde el 2012 por Vértice360. Cuando me avisaron de que había llegado, con la misma impaciencia que cuando tuve el libro en mis manos, fui corriendo a la tienda y luego a casa a descubrir si existía una cuarta y/o quinta versión de la misma escena, pues al ser una versión remasterizada quizá hubieran vuelto a doblarla y a rehacer los subtítulos, tal y cómo se hace a veces. Pero no. En esta edición lo que nos interesa permanece exactamente igual que en la anterior.

Después de todo, si no se omite o se resume nada por problemas de espacio/tiempo, supongo que no existe una única traducción (aunque las hay mejores y peores), siempre que haya un trabajo concienzudo detrás para llegar al corazón y a la literalidad que permita el texto para ser entendido sin que se distorsione demasiado. Quizá se trate de llegar a un equilibrio entre literalidad, para ceñirse al original, y los aportes del traductor.

“El original es infiel a la traducción”. 
Jorge Luis Borges

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Antes he nombrado a Julio Cortazar. Conozcamos su punto de vista sobre el asunto: “Cuando uno traduce, es decir, cuando no tiene la responsabilidad del contenido del original, su problema no son las ideas del autor porque él ya las puso allí; lo que uno tiene que hacer es trasladarlas y, entonces, los valores formales y los valores rítmicos, que está sintiendo latir en el original, pasan a un primer plano. Su responsabilidad es trasladarlos, con las diferencias que haya, de un idioma al otro.”

Y Edgar Allan Poe, al que por cierto,Cortazar tradujo, reflexionaba lo siguiente sobre la cuestión: “La fraseología de cada nación tiene un tinte de rareza para los oídos de las naciones que hablan diferentes lenguas. Para transmitir el verdadero espíritu de un autor, dicho tinte debería ser corregido en la traducción. Sería bueno enorgullecernos menos de la literalidad, y más de la destreza en la paráfrasis. ¿No está claro que, mediante esta destreza, se puede traducir de manera de proporcionar a un extranjero una concepción más justa de un original de lo que el original mismo podría darle?”

Os invito a todos a que hagáis este mismo ejercicio con la escena de la película que queráis. Y espero que hayáis sacado vuestras propias conclusiones. Yo, desde luego, gracias a haber escrito este artículo, ahora comprendo un poco mejor el arte de la traducción.

El papel del doblaje
Dejo la lupa con la que he examinado el texto y me pongo los auriculares para escuchar las voces de las actrices de la película. Con el doblaje ocurre algo parecido que con la traducción en la literatura, aunque el objetivo del doblaje en el cine suele ser copiar el original. Por ejemplo, Ingrid Bergman tiene una voz grave que modula según lo que quiere decir y su estado de ánimo. Al principio de esta escena, en concreto, emplea una entonación con unos altibajos que en el doblaje en español no se imita. Y la voz de Liv Ullmann da la sensación de ser la de una niña frágil, mientras que la actriz de doblaje transmite más miedo. En cambio, en el doblaje en español ambas voces tienen más cuerpo, más presencia, se pierden los tonos agudos, son más suspiradas, con una dicción y una sonoridad que recuerda a la teatral. A pesar de ello, las actrices de doblaje que ponen voz a estos personajes nada fáciles de interpretar, son excelentes y hacen un trabajo de extrema delicadeza.

Antes hablaba de la responsabilidad que tiene la traducción en el doblaje y en los subtítulos, porque depende de ellos cómo llegue el mensaje a otro idioma, pero el espectador o el lector también tienen la responsabilidad de cotejar con la versión original o de leer las notas a pie de página, etc., si quiere llegar a la fuente de la que mana todo lo demás. Y juntando estos conocimientos se puede percibir la obra en una dimensión aún más completa, gracias a las traducciones y otros detalles que se adjunten.

De nuevo, quiero subrayar que analizando estas cosas no pretendo sacar a relucir los fallos. Mi objetivo, comparando el original con las diferentes versiones, es mostrar que obviamente es imposible conseguir hacerlo exactamente igual, por la adaptación a otro idioma, la sincronía, las limitaciones de espacio, de tiempo, incluso por temas estilísticos. Pero gracias a esto he podido darme cuenta de lo complejo que es este oficio, el de los directores, actores y técnicos de doblaje, y también el del departamento de subtitulación y sus supervisores. También he constatado la importancia de saber que en lo que llega finalmente al espectador a menudo se pierde algo por el camino, o se cambia, después de que la obra haya pasado por varios procesos, por varias manos, mentes y visiones diferentes de una misma obra.

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Ingmar Bergman con las actrices de Sonata de otoño. http://www.ingmarbergman.se/en

Poco importa ya, pero he escuchado a las actrices hablando en sueco y poniendo mucha atención en la construcción de las frases y en las palabras que más o menos puedo reconocer, por la entonación y las pausas, parece que coinciden más los subtítulos que el doblaje con la versión original. Después de todo esto comprenderéis que le entren ganas a uno de aprender el idioma de Ingmar Bergman (que va mucho más allá de lo verbal), o de cualquier otro autor al que se quiera entender sin intermediarios, para llegar al alma de sus obras de la forma más pura y transparente posible. Pero como los políglotas no abundan, ¡necesitamos buenos traductores!

2 comentarios

  1. Me ha fascinado lo que has escrito. Tras leer tus palabras deseo poder comprender mejor yo también las películas y el valor de las traducciones, deseo leer aquellos libros o obras literarias que mencionas que te ayudan a desarrollar tus hipótesis y pensamientos. Desde luego es un gran texto y espero que mucha gente lo lea y le haga pensar como a mi. Felicidades por crear este texto tan magistral sobre una película magistral.
    ¡¡Enhorabuena!!

    Le gusta a 1 persona

    • Muchísimas gracias Osoroshii. Me hacen mucha ilusión tus palabras y me animan a seguir esforzándome con el blog. Ojalá le pase igual a todo el que lo lea, pero solo con saber que a una persona le ha hecho reflexionar sobre el tema y le ha gustado tanto, ya me doy por satisfecho. ¡GRACIAS!

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