“La vida es como una caja de bombones, nunca sabes lo que te va a tocar”.

IMG_20160626_141930933.jpg
Foto y texto: Rau García

Cuando eres pequeño puedes ver los hilos de las marionetas, incluso a los titiriteros que los manejan, pero a diferencia de la mayoría de los adultos, entras en el juego y crees que esos personajes de cuento tienen vida propia. Lo crees incluso cuando manejas tú los hilos e imitas sus voces, porque te metes de lleno en la fantasía. Yo dejé de ser un niño inocente cuando empecé a saber que existe la magia en el mundo, pero también los trucos. Eso no quiere decir que a partir de ese momento perdiera la capacidad del asombro, solo que me hice más exigente ante mis ilusiones. Cuando antes me divertía dejándome llevar, ahora lo hago buscándole el truco a todo, aunque en el fondo no quiero encontrarlo, porque cuando no lo consigo, ¡ocurre!

Una de esas revelaciones fue cuando supe que dentro de esos muñecos gigantes que suele haber en las plazas y en las ferias, había un señor o una señora. Es decir, que no era más que un disfraz de plástico y gomaespuma. Otra estafa más para la colección del universo infantil. Pero también es cierto que cuanto mejor estuviera oculta la cremallera trasera y la rejilla frontal para ver y respirar de estos trajes claustrofóbicos, más me hacía dudar de la remota posibilidad de que dentro de esos muñecos no hubiese una persona asfixiada por el calor y el cansancio, y fuesen personajes fantásticos de verdad, a pesar de sus rostros hieráticos y de la torpe movilidad de sus cuerpos. A pesar de haber descubierto el engaño, supongo que estaba dispuesto a que me engañaran. Y lo sigo estando, pero siempre que sea con cierta gracia o arte.

Recuerdo que había trajes tan bien hechos que no se veía el truco por ningún lado. Sin embargo, otros eran un insulto a la inteligencia y a la ingenuidad, pues se veía claramente la cabeza de un hombre sudoroso en el interior de la garganta, así como el lobo feroz engulló a la abuela de Caperucita Roja. Y qué importantes son los guantes del personaje. Algunos no los llevaban y chocaba ver por ejemplo a un gran Mickey Mouse con unas manitas humanas. Luego están esos disfraces desastrosos que quieren parecerse al original, pero se nota de lejos que son una tosca imitación y hasta pueden dar un poco de miedo. Pero lo que realmente traumatizaba era verles decapitados, como en Sleepy Hollow, y dejando ver su verdadera identidad (echad un vistazo al trabajo de este ilustrador, Alex Solis, concretamente a la serie “Iconos desenmascarados”). La mayoría no hablaban ni emitían sonidos y los que se atrevían no tenían precisamente la misma voz que los personajes de moda, que hoy serían Bob Esponja, Pepa Pig o Pocoyó, sino de una cosa muy extraña, o peor, hablaban normal, sin intentar poner la voz de los personajes, lo que era aún más escalofriante.

Y todos estos recuerdos me los trae un instante, el que capturé en esta fotografía que tuve que pararme a inmortalizar pues me conmovió profundamente por la inmensa fragilidad y soledad que me transmitió, aunque muy en el fondo esconde esperanza. En ella aparece una persona con un disfraz de Rana Gustavo sentada, después de una dura jornada, a la sombra de un árbol en un banco del madrileño Parque del Retiro. Perece estar descansando plácidamente, pero se me hizo sospechoso que llevara en la misma postura desde que le vi y que se mantuviera así durante los 10 minutos que permanecí observándole. Como Tom Hanks en Forrest Gump, a simple vista parece que estuviera esperando a que alguien se siente a su lado para entablar una conversación, pero en su caso quizá era para desahogarse. Lo primero que pensé al verle fue que esa era su estrategia: esperar a que un cliente potencial (un niño o una niña) se acercara y se sentara a su lado para que sus padres le hicieran una foto y así recibir a cambio unas monedas, pero algo me decía que no era así.forrest-gump

Estaba tan quieta y en silencio que daba la sensación de que no hubiese nadie dentro del disfraz. Y en parte podría ser, porque es como si esta persona se sintiera vacía. Pero de todo esto me doy cuenta con más claridad al mirar la foto y recordar ese rato en que se paró el tiempo. Imagino que detrás de su máscara sonriente tenía los ojos brillantes y que estaba pensando en su infancia, allí donde se crió con poco pero feliz, deseando volver ya a casa para descansar y disfrutar de su familia, si es que tiene un hogar y a la familia cerca. O puede que estuviera pensando en si merecen la pena las condiciones y los peligros de esta profesión, que según he leído en algún reportaje, controlan las mafias. Por eso, más allá de que se vean o no las costuras, ya me cuesta ver a estos peluches gigantes callejeros con los ojos de un niño.

Quiero pensar que esta persona anónima es luchadora, que no se rinde y está mirando hacia el horizonte esperando a que ocurra algún tipo de magia en su vida, la magia que de adulto muchos llaman “milagro”. Pero a veces no tenemos que esperar a que pase, sino hacer que suceda.

Aunque… ¿quién sabe si era la Rana Gustavo de verdad?

forrestgreen

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s