La voz de tu conciencia

Para que tu mano derecha ignore lo que hace la izquierda,
habrá que esconderla de la conciencia.
Simone Weil

Por Rau García

A veces pienso que mi conciencia es un ángel y un demonio con mi rostro. Podría haberme estrujado un poco más el cerebro e imaginármela de otro modo, pero así es como la visualizo. Supongo que se debe a que esta imagen ya está en el imaginario colectivo y, en mi caso concreto, puede que sea por haberla visto así representada desde que era niño en tantos dibujos animados y viñetas de comic. Se me aparecen siempre que tengo un pequeño dilema o en situaciones muy comprometidas. Cada uno se ocupa de un hemisferio de mi cerebro y se mantienen en el aire flotando, ingrávidos, susurrándome al oído mensajes opuestos al mismo tiempo.

El ángel tiene una voz artificialmente aguda, como si hubiera inhalado helio o pusiera la voz en falsete imitando a los Be Gees. En cambio, el tono seductor del demonio me recuerda al de Barry White. Me pregunto si esas fuerzas antagónicas tendrán una voz interior propia, con su ángel y su demonio particulares, y a su vez ellos también tendrán un ángel y un demonio, y así sucesivamente creándose un árbol genealógico de conciencias que orbitarían en torno a la mía y que indirectamente influirían sobre mí. Y es que todas esas criaturas, empezando por las mías más cercanas, deberían tener unos principios propios, primero para diferenciar entre su concepto del bien y del mal, y segundo, para poder ejercer de mi conciencia. Y en el interior de esta matrioska debería de haber una “conciencia madre”, pero eso sería abrir otro largo capítulo, y más si se trata de personas con personalidad múltiple, así que me centraré en mi ángel y mi demonio que, en el fondo, noto como si fuera un único ente con las dos polaridades, una especie de yin-yang, pero que a mí me parecen independientes al escucharlas en Dolby Surround dentro del Home Cinema de mi cabeza.

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En el centro de toda esta vorágine estoy yo. Soy el que decide después de escuchar, como si tuviera puestos unos pinganillos invisibles, a estos personajes cameladores que quieren llevarme a su terreno a toda costa y que son igual de incansables que los comerciales a puerta fría. O peor, se comportan como el poli bueno y el poli malo en un interrogatorio, pero con la diferencia de que estos a los que me refiero tienen intereses y formas distintas de entender la ley y la moral. Así que intenta llevarte bien con tu conciencia, por antipática que se ponga a veces, pues siempre vas a ser tú el que des la cara por ella. Además, piénsalo; os necesitáis el uno al otro.

Al final nosotros somos los que nos inclinamos más hacia un lado o hacia otro. Y es que si no tuviéramos la última palabra con respecto a nuestros pensamientos y a nuestra conducta, seríamos la marioneta de nuestra conciencia o estaríamos grillados, haciendo un guiño a la conciencia de Pinocho. Esta división y la conexión con lo divino me han llevado a descubrir la interesante Teoría de la mente bicameral de Julian Jaynes, en la que explica cómo funcionaba nuestra conciencia antes y después de que los hemisferios del cerebro se conectaran. Además, el psicólogo analiza el lenguaje empleado por Homero en la Ilíada y a sus personajes, a quienes los dioses les dicen lo que tienen que hacer, quedando reducidos a poco más que peleles. Este estudio revela que no siempre ha existido la conciencia como la entendemos en nuestros días. Por tanto, pensar hoy en la conciencia como un ángel y un demonio es extraño, y más si eres ateo o agnóstico, porque correspondería más a esa fase primitiva de la evolución del cerebro y de la humanidad en que, según Jaynes, carecíamos de la subjetividad suficiente para tener un diálogo interior con autonomía al margen de las creencias que profesaban y que controlaban sus pensamientos y sus actos. ¿Tendré un cerebro “multibicameral”?, ¿estaré enloqueciendo?, ¿o será normal, o por lo menos no perjudicial, pensar de vez en cuando en estas cosas, por divertimento y siempre que no llegue a la obsesión?

Buscando el origen de esta representación de la conciencia, he llegado a un libro llamado Pastor de Hermas, escrito entre los años 140 y 155 (siglo II d.C.) en el que dice:

«Hay dos ángeles en cada hombre: uno de justicia y otro de maldad. Señor», le dije, «¿cómo voy, pues, a conocer sus actividades si los ángeles moran en mí?» «Escucha», me contestó, «y entiende sus obras. El ángel de justicia es delicado y tímido, manso y sosegado. Por lo tanto, cuando éste entra en tu corazón, inmediatamente habla contigo de justicia, de pureza, santidad, contento, de todo acto justo y toda virtud gloriosa. Cuando todas estas cosas entran en tu corazón, sabe que el ángel de justicia está contigo. (…) Ahora, ve las obras del ángel de maldad también. Ante todo, es iracundo y rencoroso e insensato, y sus obras son malas y nocivas para los siervos de Dios. Siempre que éste entra en tu corazón, conócele por las palabras.» (…) Aquí, pues, tienes las obras de los dos ángeles. Entiéndelas, y confía en el ángel de justicia. Pero del ángel de maldad mantente apanado, porque su enseñanza es mala en todo sentido; porque aunque uno sea un hombre de fe, si el deseo de este ángel entra en su corazón, este hombre, o esta mujer, ha de cometer algún pecado.>>

Siglos más tarde, por ejemplo en La trágica historia de la vida y la muerte del doctor Fausto, de Christopher Marlowe, aparece un ángel bueno y otro malo que advierten y aconsejan al protagonista, como en tantas otras obras de diferentes épocas en las que la conciencia aparece representada del mismo modo o con distintas formas, empezando por la Biblia. Me pregunto si exteriorizar físicamente a la conciencia no será una forma de esquivar nuestra responsabilidad para que nos escude cuando tenemos un comportamiento reprochable, mezquino o incluso delictivo. Así la culpa no será nuestra, sino que se la atribuiremos a ella, o al “otro”, como si fuera una cosa ajena a nosotros que no pudieramos controlar. Esto puede desencadenar en un grave Trastorno de identidad disociativo, lo que se refleja magistralmente en la escena final de la película ‘M’, el vampiro de Düsseldorf (1931), de Fritz Lang.

En el fondo no hay ángeles, ni demonios, ni Pepitos Grillos, aunque cada uno es libre de imaginar lo que quiera, sin que sea esto muy recomendable, más que nada por el tema de salud mental que comentaba. Solo tenemos una conciencia y es un fenómeno que ocurre en la mente, si es que existe internamente como tal, o quizá son varios elementos externos los que influyen en nuestros pensamientos, los cuales hemos interiorizado, como señala Patrick Harpur en ‘La tradición oculta del alma’: <<La conciencia es un producto de la cultura judeocristiana. Pertenece a la idea de la moralidad y, más adelante, al superego freudiano: la voz de los padres, la Iglesia, el Estado o cualquier institución social que establece qué es correcto y qué no lo es>>. Probablemente se trate de la evolución del ser humano gracias a la que adquirimos esta capacidad de pensar subjetiva e introspectivamente que denominamos conciencia (ya liberada de las voces externas que practicamente nos poseían hace siglos a las que se refiere Jaynes), en la que también interviene la evolución cultural y el factor de vivir dentro de una sociedad con normas iguales para todos los que conviven en ella.

En cualquier caso, ésta puede ser buena y mala al mismo tiempo, porque nadie es únicamente bueno o malo (ojalá me equivoque y sí haya personas puramente buenas), aunque hay teorías que sostienen que al nacer todos somos buenos, por naturaleza, y que al crecer, por diferentes motivos (genes, entorno familiar y social, etc.), es cuando va aflorando nuestra maldad que controlamos gracias a nuestros códigos éticos y morales, y puede que también por el temor a que un acto malvado se practique contra nosotros (la famosa regla de oro de la moral que nos dicen cuando somos niños en tono de regañina: “¿Acaso te gustaría que te lo hicieran a ti, eh?”). Entonces, ¿será cierto que nacemos inocentes (exceptuando el pecado original, que viene de serie en algunas religiones), con nuestro sentido innato de la justicia, y las circunstancias de la vida nos van pervirtiendo? Lo ideal sería que no hubiese maldad en las personas, que vivieramos en un estado de armonía personal y colectivo, pero, poniendonos en la piel de “nuestro ángel y nuestro demonio”; ¿de qué serviría la conciencia si no existiera el mal? ¿Qué juzgaría si, dentro del libre albedrío, solo hubiese paz y amor? La conciencia necesita de la bipolaridad presente en la vida para poder discernir.

Llegados a este punto, ¿y si una persona consiguiera no doblegarse nunca a la maldad que le acecha? Es entonces cuando decimos tener limpia o tranquila la conciencia. Ahora, si aceptamos este dualismo, ¿qué pasaría si esta conciencia con personalidad propia de la que hablaba antes (fantaseando un poco), al no conocer y practicar otra cosa que bondad, quisiera experimentar, al menos una vez, el lado oscuro?

Esta canción invita a reflexionar sobre la voz en off que todos llevamos dentro: el fuero, o mejor dicho, “el fuego interno”. La conciencia está servida.

*He editado este videoclip con fragmentos de las siguientes películas:

  • El nido del águila (Rescued from an Eagle´s Nest, 1908), de J. Searle Dawley.
  • Las manos de Orlac (1924), de Robert Wiene.
  • Fausto (1926), de F.W. Murnau.
  • La sangre de un poeta (1932), de Jean Cocteau.
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